22 de octubre

 

 

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Gabinete

Instalación. 2013

 

Papeles  1/ 24

Manuscritos e impresiones de papel deteriorado

 

Expedientes /002/ 2013 / 48cm x 38cm

Expedientes /002/ 2013 / 48cm x 38cm

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 Expedientes  1/ 22

Expedientes judiciales sometidos a procesos de deterioro controlado

 

 Folios  1/ 10

Técnica Mixta

 

 

sintitulo

Sin Titulo

Fotografía 2014

 

22 de octubre, Pablo Mora Ortega.

Curaduría: Alberto Sierra

 

…de lo divino recibimos

mucho. Nos fue confiada la llama
y la ribera y la marea.
Más aún, pues de manera humana
están familiarizadas con nosotros aquéllas, las fuerzas extrañas.1
Friedrich Hölderlin

Franz Kafka y su obra nos legaron una expresión: “lo kafkiano”. En el diccionario de la Real Academia, lo kafkiano se define como el adjetivo de una situación absurda, angustiosa. Nacido en la capital del Reino de Bohemia bajo el imperio Austrohúngaro, Franz Kafka fue un abogado y literato de origen judío. En su libro De Kafka a Kafka de Maurice Blanchot, este indicó: “Supongamos que la obra está escrita: con ella ha nacido el escritor. Antes, no había nadie para escribirla; a partir del libro existe un autor que se confunde con su libro”.2

La obra que tenemos en frente en esta exposición “22 de octubre”, no es literaria sino plástica, y evidencia que ha retornado el artista Pablo Mora.

Pablo Mora, en su interés por la cultura y las ciencias humanas, ha articulado sus estudios en derecho, ciencias políticas y filosofía, con las formas plásticas. En 2011 realizó una exposición de pintura en Medellín,3  y ahora nos presenta una instalación.

En el recinto pueden escucharse las voces de los involucrados, –acusadores, defensores o acusados–, o sus silencios apresados en “los vestigios mudos que permanecen, para que la ignominia del olvido no se añada a la tragedia”,4  como lo apuntó José Roca refiriéndose a la obra de Salcedo.

La exposición “22 de octubre” se nos presenta ramificada, formando un delta. Los expedientes, que remiten de manera inmediata al asunto de la justicia, aparecen suspendidos, formando bloques, capturados en video y apilados atiborrando un escritorio. Algunos procesos habrán concluido, resueltos; otros habrán expirado, inconclusos. De cualquier manera, el espectador tiene ante sí una instalación gracias a la cual Pablo Mora se nos descubre como un artista particular con una formación humanística, fresco, potente y contundente.

Los expedientes enterrados de manera controlada fueron regados, sintieron el calor y recibieron la energía del sol, pero no retoñaron. El cultivo resultante correspondió al proceso de deterioro e incipiente putrefacción que premió con la aparición de grafías que semejan mapas terrestres, marinos, siderales. Pero también, grafías en las que pueden reconocerse palabras que son nombres de personas palidecidas por el tiempo de la espera, marchitándose lentamente en la incertidumbre.

Los expedientes que evocan la búsqueda o solicitud de justicia, que se vanagloria de ser un servicio público, resurgieron luego de un cuidadoso proceso de exhumación, convertidos en otros, completamente otros. Con paciencia y dedicación, los expedientes y folios exhibidos en urnas, debieron ser limpiados, apilados y seleccionados, pero quedaron suspendidos, inmovilizados como procesos judiciales infructuosos.

Otros folios fueron agrupados, con pitas que los retienen y parecen estrangularlos. Inundados, fueron convertidos en bloques escultóricos, simulando el rastro de un disparo. Silenciados, sin embargo alojan historias, hechos y situaciones, como un rumor que resuena, rechina y zumba, perturbando a quienes agucen sus oídos.

En video, otro folio permite contemplar el espíritu de la suerte, justa o injusta, como la fortuna o el infortunio que se evapora. Halo visible que anuncia la materialización del enigma, del misterio de la continuidad que se vuelve infinita por la repetición. Iteración de un sistema judicial que se perpetúa, que se eterniza en lo que parece ser su mayor logro: la ineficacia. Olvida que las vidas humanas son finitas.

Expedientes y folios, secos, envejeciendo como las plantas que habitan los bosques y las selvas, están agolpados en un escritorio impidiendo el acceso de una silla, imposibilitando que alguien trabaje en ellos. Allí los procesos no están enterrados, suspendidos, estrangulados o inmersos en la infinitud, están encarpetados, presentes, expresando una parálisis contundente, componiendo una cuadratura que ha comenzado ya a desfigurarse.

Si bien la instalación de Pablo Mora puede generar aprehensiones estéticas disímiles, algunas remisiones son insoslayables. Por tratarse de una instalación en la cual los expedientes han sido sometidos a procesos y alteraciones diversas, como obra develan un autor, un artista. A su vez, por el uso de expedientes, la compleja cuestión de la justicia se patentiza hasta el absurdo y la angustia, con las diferentes vinculaciones que puedan generarse. Pero también, debe decirse, los tratamientos que le fueron efectuados a los expedientes, atestiguan la transformación de los contenidos en materialización del olvido, del abandono y del descuido, preservando, al tiempo que tachando, los hechos, e incluso el pasado. Por tanto, no se trata de una instalación que de manera unívoca debiera vincularse a la preservación del olvido en la memoria, que le es inherente, sino, más bien, a una instalación paradójica que intenta descubrir lo oculto, revelar lo velado, conservar el enigma de lo siniestro, acercar la magia y la fascinación que porta el misterio, para, finalmente, establecer contacto con las fuerzas extrañas que están familiarizadas con nosotros, los seres humanos.

Mateo Navia Hoyos

22-de-octubre

 

 

 

 

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©Pablo Mora Ortega